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la muerte mediana

martes, agosto 04, 2009
Irse tan en falso como servidora deriva en una pérdida de credibilidad no recuperable. Con lo que, había intentado irme sin irme.

Pero ya lo dice Feliciano...

La cosa: que esto ya murió (despacio y en silencio sin saber si todo lo que ha dado te llego a tiempo), como se ve.

Queda que algo queda: posts seleccionados por Alberto Olmos y publicados en Algunas ideas buenísimas que el mundo se va a perder. Colaboraciones esporádicas (pero muy) en Letras Libres o con el Hermano Cerdo. Algunas menos esporádicas en PopMadrid y lo que surja.

a la lima y al limón

viernes, septiembre 19, 2008
Me levanté bruscamente, por el frío. Es casi otoño pero nos seguimos sentando en terraza, en una suerte de cold denial colectivo. Me levanté con un movimiento brusco de esos que en París no se deben hacer y que en México, malacostumbrada, me empujan a pedir constante e innecesariamente perdón.

Mi brusquedad le cortó el paso a una señora mayor y sus bolsas del mercado. Pardon, pardon, pardon, soltó en una mezcla de de fastidio, disculpa y déjalo ya bye-bye. Lo inusual de su pardon, pardon, pardon, me hizo buscarle la cara. Ah, esa actriz mayor guapísima, cómo se llama... la acabó de ver en esa peli de la hija de Cassavettes, en la que Parker Posey se tiene lástima porque se va a quedar soltera.

Me quedé unos segundos (de los que en los libros dicen "pero pareció una eternidad") parada de frente a mi mesa y de espaldas, de culo, a la de mi vecina como es inevitable quedar, entremesas, en las terrazas decadentes de París, en donde desayunamos entre camiones transportistas, celebridades y cubos de basura. Me quedé pensando en Carole Bouquet, fueron unos segundos, pero pareció una eternidad.

Cogí mi libro, mi ticket y mi cambio. Ahora pongo un ticket a manera de seña en la última página leída, lo dejo ahí para acordarme en qué café, que día y a qué hora leí. Si en algún sitio he leído poco cambio el ticket de lugar para hacerle creer a mi futuro yo que pasaba horas en los cafés, leyendo.

Debo escribir un libro quizá. De todas las celebridades con las que me encuentro y con las que no. De todo lo que me sucede y lo que invento que me sucede. De cómo le dije a Richard Ford que sabía de buena fuente que Almodóvar se inspiraba en sus libros (lo presumiré en la cena de hoy, dijo). De cómo le dije a Tom McCarthy que me encantaba su trabajo antes de haberlo leído (y me encanta, voy en la página 30).

Voy a escribir un libro con lapicero. Nunca tuve uno, ni en el colegio. Voy corriendo a la tienda sueca en la que venden cosas de Marimekko (¿o era finlandesa?). La tienda sueca abre a las once y yo tengo un ataque de ansiedad, como los de Parker Posey cuando piensa que no tiene quien la quiera. Muji está abierto: Quiero un lapicero, el más barato que tengan. Pero no tienen. Compro un bolígrafo de gel verde. De ese verde que les va bien a las pelirrojas, según mi mamá.

Me siento en la parada de la 29, donde da el sol, para empezar a escribir un libro. No digas la 29, me corrige siempre una amiga, parece que esperas ficheras en un Table Dance en lugar de autobuses. Me siento en la parada del 29, donde da el sol, y empiezo a escribir mi libro.

Anastasia

domingo, mayo 18, 2008
Ahora que del invierno sigue el verano, dormimos con la ventana abierta y oigo gaviotas que vuelan al ras de los techos mal aislados de París. Cierro los ojos, me imagino que estoy en una playa de la costa Este, en la que Kevin Costner construye un barco de madera y todos los habitantes del pueblo, amargados, guardan el secreto de una muerte horrible o un pariente con retraso mental.

Abro los ojos, en el quicio de la puerta estás tú, fumando y esperando. Me preguntas si otra vez soñé con Shanghai Lily y si quiero salir a toparnos con famosos.

Quiero.

Hace dos semanas vimos a Patti Smith, por el museo Picasso con una gabardina y casi treinta grados de sol. Ayer a Jon Bon Jovi en el mercado de Saint Ouen enjuto y desapercibido. Hoy vemos una paloma obesa en Place de Voges. La persigo para sacarle una foto.

En la noche me llamas por teléfono desde tu balcón, estás fumando y viendo el cielo rosa, también la cúpula de Val-de-Grâce. Yo estoy viendo la foto borrosa de la paloma obesa. Aseguras que se llama Anastasia y me pides que te la mande por email.

Sueño: Anastasia me invita a su casa, hay pocos muebles y un balcón que rodea todo el salón. En la pared una sola foto sin interés de un diván cubierto de tapetes. Todo en la casa de esta paloma obesa me parece raro.

Estoy preparando una cuba pon música si quieres, me grita desde la cocina. Veo un CD de Bis, luego uno de Raphael. ¿Es Raphael? pregunto. No, me dice, es el otro, el francés, por favor no toques esos discos, son de mi compañera de casa.

Pone a Bowie y me sirve una cuba con trocitos de limón y ron Havana Club. Me mira como leyéndome el pensamiento y me dice condescendiente : No soy una paloma gorda, has quedado en evidencia como una chica suburbana, soy una colombe, en efecto, mucho más grande y gorda que las horribles palomas. Las colombe somos bonitas, en tonos apastelados, con nuestro infalible collar blanco. Volamos en balancín, colgándonos de trapecios invisibles para tomar impulso.

Me quedo muda y le doy un sorbito a mi cuba. Anastasia es apabullante. Estoy segura de que bebe ron con coca desde antes de que se pusiera de moda y que al despedirse dice tschüss en lugar de ciao no por pose parisina sino porque vivió en Berlín y no ha perdido la costumbre. Anastasia es admirable y lo sabe.

Ah, y la foto, me aclara mientras apura ella también su ron con coca, es el consultorio de Freud. Pero eso lo sabías ¿no?

Take Off

viernes, mayo 02, 2008
El personal, viendo al horizonte, repite una vez más la coreografía que casi nadie ve, yo me siento siempre obligada. Un día mi amigo Luis se robó un chaleco salvavidas y lo probamos en una piscina, se inflan en segundos provocando una sensación de sofoco. Apuro el Canada Dry (nada de alcoholes hoy), pongo mi asiento en posición vertical, abrocho mi cinturón y aseguro la mesa plegable situada frente a mí. Cierro los ojos y siento una gran tranquilidad. Se ve que soy la única en el avión rogando que si la vida no será lo que esperaba, nos estrellemos.